Salojú
Hace unos dias que no veo la espesa agua del mar. Mi camino me ha hecho alejarme cada vez más del océano, y cuando me he dado cuenta estaba caminando por un desierto de cuarzo. Sin agua. Sin gente. Sólo este orangután vestido de Tucci que no ceja en su empeño de ponerme la zancadilla y meterme uno de esos enormes dedos en la oreja.
Ayer vi por primera vez a Salojú, el Simio Definitivo. Apareció así, sin más, un par de metros más adelante. Casi me meo del susto cuando ví a ese primate matusalénico, con gafas de contable y expresión aburrida, subido en un burro de dos cabezas. Igual que en las estatuas que se pueden encontrar por toda esta región del Eco. Su capa burdeos ondeaba al viento, pero daba más impresión de ser un objeto olvidado en mitad del desierto que de poderosísimo monarca. Posiblemente fuera la corona de papel albal la que le quitaba glamour. O quizás esa caída constante de baba por la comisura izquierda.
Gordi se arrojó al suelo y empezó a hacer reverencias.
-Oh, pantagruélico chimpancé, mono de monos, simio de simios, por qué os molestais en visitar a un simple mortal?
-Vaya pelota-dijo Tigo, una de las cabezas del asno.
Se rumoreaba que Tigo y Migo llevaban en secreto los temas más importantes del reino. No en vano eran a la vez consejeros, montura y bufones del Simio Definitivo.
-Naaaaa, aquí, de visita.... Me aburríaaaaa...- contestó, y en verdad alargaba las vocales como si no tuviera otra cosa que hacer.
-Esto...-intervine.- Su... Su Simiedad... Me preguntaba si... si su altísima y nunca suficientemente bien ponderada person... digo... mono... podría aclararme una pequeña cuestión...
-Haaaaablaaaa... - dijo el gran Salojú.
-Me... o sea, a mi insignificante persona, me... le... me gustaría saber qué estoy haciendo aquí.
-Todo el mundo tiene un trabajo en el Eco- dijo Migo con una voz chirriante.
-Estoy con Migo- dijo Tigo.
-Contigo?- preguntó Migo.
-No, contigo. Ya sabes, con tú.
-Oh-respondió Migo. Ya veo.
-Eeeeeeeeel trabajo de aqueeeeel a quien llamaaaaas Gordiiiiii es seguiiiiiiirte...-intervino Salojú.
-Seguirme adónde?- pregunté.
-A tu destino- contestó Migo.- Irá contigo allá donde tu vayas.
-Conmigo?- preguntó Tigo.
-Oh, cállate.
-Perdón- se disculpó Tigo.
-Y a dónde se supone que voy?- pregunté, desesperado.
Pero fue en vano. Salojú desapareció tal como apareció, dejando sólo un leve aroma a pachulí.
Gordi dejó de hacer reverencias, se levantó y se rehízo el nudo de la corbata. Acto seguido, me tiró un puñado de arena a la cara. Espero que fuera arena.
Aún queda desierto por delante. Bendita llovizna perpetua.
Ayer vi por primera vez a Salojú, el Simio Definitivo. Apareció así, sin más, un par de metros más adelante. Casi me meo del susto cuando ví a ese primate matusalénico, con gafas de contable y expresión aburrida, subido en un burro de dos cabezas. Igual que en las estatuas que se pueden encontrar por toda esta región del Eco. Su capa burdeos ondeaba al viento, pero daba más impresión de ser un objeto olvidado en mitad del desierto que de poderosísimo monarca. Posiblemente fuera la corona de papel albal la que le quitaba glamour. O quizás esa caída constante de baba por la comisura izquierda.
Gordi se arrojó al suelo y empezó a hacer reverencias.
-Oh, pantagruélico chimpancé, mono de monos, simio de simios, por qué os molestais en visitar a un simple mortal?
-Vaya pelota-dijo Tigo, una de las cabezas del asno.
Se rumoreaba que Tigo y Migo llevaban en secreto los temas más importantes del reino. No en vano eran a la vez consejeros, montura y bufones del Simio Definitivo.
-Naaaaa, aquí, de visita.... Me aburríaaaaa...- contestó, y en verdad alargaba las vocales como si no tuviera otra cosa que hacer.
-Esto...-intervine.- Su... Su Simiedad... Me preguntaba si... si su altísima y nunca suficientemente bien ponderada person... digo... mono... podría aclararme una pequeña cuestión...
-Haaaaablaaaa... - dijo el gran Salojú.
-Me... o sea, a mi insignificante persona, me... le... me gustaría saber qué estoy haciendo aquí.
-Todo el mundo tiene un trabajo en el Eco- dijo Migo con una voz chirriante.
-Estoy con Migo- dijo Tigo.
-Contigo?- preguntó Migo.
-No, contigo. Ya sabes, con tú.
-Oh-respondió Migo. Ya veo.
-Eeeeeeeeel trabajo de aqueeeeel a quien llamaaaaas Gordiiiiii es seguiiiiiiirte...-intervino Salojú.
-Seguirme adónde?- pregunté.
-A tu destino- contestó Migo.- Irá contigo allá donde tu vayas.
-Conmigo?- preguntó Tigo.
-Oh, cállate.
-Perdón- se disculpó Tigo.
-Y a dónde se supone que voy?- pregunté, desesperado.
Pero fue en vano. Salojú desapareció tal como apareció, dejando sólo un leve aroma a pachulí.
Gordi dejó de hacer reverencias, se levantó y se rehízo el nudo de la corbata. Acto seguido, me tiró un puñado de arena a la cara. Espero que fuera arena.
Aún queda desierto por delante. Bendita llovizna perpetua.

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