martes, marzo 07, 2006

La habitación de Salojú

Llamaron a la puerta tres veces, como Salojú ordenaba. Unos segundos después se oyó un quejido lastimoso que venía de la enorme cama con dosel rosa del centro de la habitación.
-Adelaaaaaaanteeeee…
El burro de dos cabezas entró a la habitación tímidamente.
-¿Se… se puede?- preguntó Migo.
-Síiiiiii…
-¿Se encuentra bien, señor?
-Noooo…. Ayeeeer comíiiiiiiiiiiiii demasiadooooooooooooooos gatitoooooooooooooooooooooosss…
-Ehm… ¿Podría preguntar por qué, Señoooooooooor?- aventuró Tigo.
Al parecer, el día que Salojú había adoptado, recogido, comprado a Tigo y a Migo (nadie sabía qué extraña relación mantenían), Tigo y Migo le habían preguntado cómo debían llamarle. Su respuesta había sido “Señoooooooooooooooor”. Tras largos años de dirigirse a él por este nombre le habían proporcionado una voz obscenamente aguda a Migo. A Tigo, sin embargo, a veces le picaba el hocico. Nadie se explicaba este fenómeno, pero lo más probable es que fuera porque tampoco se habían parado a meditar sobre ello.
-Ni yoooooo mismoooooooo lo séeeeeeeeeeeee... Cada veeeeeeeeeez que aaaaaaaaaaalguieeeeeeen dudaaaaaaaaaaa sobreeeeeeeeeeeee las verdaaaaaaadeeeeeeeees contenidaaaaaaaaaas en la Enciclopeeeeeeeeeeeeedia del Sabeeeeeeeeeeeeeer Úniceeeeeeeeeeeeeeo, Verdadeeeeeeeerooooooooooo, que Noooooooo Tieeeeeeeeene Discusióoooooooooooon Alguuuuuuuuuna Y Ademáaaaaaaaaaaas Eeeeeeeeeeeeees Axiomáticaaaaaaaaaaaaa...- hizo una pausa para respirar de un par de horas-... me cooooooooooomooooooo un gatiiiiiiiiiiiiiiitooooooooo...
-Me parece recordar que el médico le aconsejó abandonar esa práctica, señor- dijo Migo.
-Nooooooooo... puedooooooo... evitaaaarlooooo.... Cada veeeeeeeez queeeeeee.. aaaaaaaaaaalguieeeen...
-Eeeeh... Sí, precisamente de eso queríamos hablarle, señor- dijo Tigo, intentando desviar la atención del Simio Definitivo. El universo. Ehhh. Parece haber implosionado.- Tigo miró a Migo, intentando buscar su ayuda. Finalmente se dio por vencido y bajó la vista hacia el suelo-. Dos veces esta mañana, de hecho.
El fino tejido que forma el Eco se dobló, se quebró y se recompuso, dejando en el aire un olor rojiazul.
-Tres- contribuyó Tigo, mirando hacia el techo.
El enorme simio se incorporó despacio, más despacio todavía de lo que se movería una montaña estratovolcánica un domingo de puente en verano. Se quitó el gorro rosa con pompón y se puso la corona de papel albal que tenía en el trono de al lado de la cama con aire ceremonial. En realidad tenía varios tronos distribuidos por la enorme habitación, cada uno con una corona de papel albal, probablemente para poder alcanzar las coronas desde las numerosas camas con dosel rosa que llenaban la habitación.
-Chiiiiiiiiiiiiicooooos...
-¿Sí, señooooooooooor?- dijeron a coro las dos cabezas.
-Ensilláaaaaaaaaosmeeeeeee. Teneeeeeeeeeeeemoooooooo un mooooooonoooo que educaaaaaaaaaaaaaaaaaar.